23 julio 2024

Entre la crueldad y la inoperancia.

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Por: Pablo Charadia*

En una nueva y agitada semana en la cinematográfica Argentina, el presidente argentino Javier Milei fue convocado a una conferencia organizada por una fundación libertaria en la provincia de Corrientes el pasado 19 de febrero. Dentro de la crónica del viaje, es destacable que no llevó a cabo encuentros ni reuniones oficiales en relación a la gestión de asuntos públicos. Algo curioso comprendiendo el delicado momento que el primer mandatario está viviendo con los gobernadores provinciales.

 

Javier Milei utilizó este espacio para transmitir una serie de mensajes, entre los que resalta su declaración contra el Congreso, al que denominó como “un nido de ratas, odiados por la sociedad”. A pesar de la contundencia de estas declaraciones, las mismas no sorprenden.

 

Milei insiste en la narrativa anticasta que lo llevó a convertirse en presidente sin diferenciar contextos, tanto propios como ajenos. Después de recibir un revés por parte del Congreso tras presentar una ley inabarcable y demasiado ambiciosa, el presidente se lanza a una cruda “caza” de traidores y cómplices, que la “gente de bien” debe identificar como los responsables de sus desgracias. En definitiva, no hace otra cosa que profundizar sobre una lógica bastante gastada: la grieta. En un nuevo registro y bajo otras tonalidades, la política sigue debatiéndose (como hace ya una década) entre un progresismo empalagoso de frases hechas y clichés baratos, y un antiprogresismo extremo y visceral que aprovecha el rechazo social que ha generado la exageración y la falta de resolución práctica entre un discurso que enuncia pero que no aplica.

 

Mientras se revisita esta nueva etapa entre intervencionistas y anti intervencionistas, estatistas y anti estatistas, pro derechos y anti derechos, etc., la realidad material de la sociedad sigue cayendo aceleradamente, generando un futuro cada vez más incierto. Las políticas económicas y sociales castigan el poder adquisitivo y aumentan las estadísticas de pobreza, profundizando una crisis que incrementa la frustración social y deja cada vez menos margen en la lucha por sobrevivir día a día. Así, el presidente Milei se adentra en un terreno peligroso, ya que su falta de estrategia para imponerse, sumada a un discurso oficialista que se debilita cada día más, podría iniciar un camino de desconfianza respecto al rumbo trazado el diez de diciembre. En política es posible comprender la crueldad, pero no la inoperancia. Incluso se pueden aceptar decisiones difíciles (siempre y cuando prometen prosperidad futura), pero lo que resulta imperdonable para gran parte de la sociedad es la ineficacia, ineficiencia, la inacción o la falta de iniciativa para resolver problemas, construir soluciones o marcar rumbos certeros.

 

En definitiva, desde aquí comprendemos que el principal ordenador político de la última década es la frustración colectiva generada por la injusticia social. Por ende, la resolución real de esta crisis debería ser el principal ordenador de las acciones del Estado y de la política. Por el contrario, la política no ha resuelto esta profunda crisis económica y se ha dedicado a generar discusiones dicotómicas sobre radicalizadas posiciones que no han logrado interpelar profundamente a las mayorías olvidando cuáles son las necesidades a atender.

 

Mientras el gobierno y la oposición (o gran parte de ella) continúen desarrollando el paso de comedia en el que cada uno se aferra a sus dogmáticos y vacíos postulados, se seguirá profundizando esta crisis de representatividad, que es claramente una crisis de los representantes en la que los representados no encuentran interlocutores válidos para sus cada vez más graves problemas. Las discusiones de la política parecen lejanas, desenfocadas y, por ende, no logran orientar ni conducir a puntos comunes.

 

Se juega con una paciencia social que, como ya mencionamos, está atada a una fuerte carga emotiva signada por una dolorosa frustración colectiva. Lo que decimos es que el desafío de Javier Milei no está en doblegar la oposición en ese juego endógeno de la política que tanto ha criticado, pero al cual se ha dedicado con cierto éxito (¿pasajero?); el verdadero reto es no sobrepasar la tolerancia social. Hasta aquí el presidente ha decidido “pisar a fondo” con un ajuste económico que ha afectado seriamente la cotidianidad de la gran mayoría de los argentinos sin medir consecuencias ni interpretar el dolor y la angustia que esto genera. Javier Milei ha sido más cruel que astuto en sus medidas y la resolución de los problemas que él prometió resolver parecieran estar lejos de solucionarse. Ante esto nos preguntamos ¿Cuál es el límite de la tolerancia social?

*Politólogo.

La Yunta

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