4 abril 2025

ASI… fue el día más triste de este viaje de la vida.

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Estaba no se bien en dónde, pero sabía que era un lugar poco estratégico como para hacer algún tipo de movimiento. Llovía fuertísimo.

Me dolía la espalda. La cabeza. Desde hacía días.
Estaba agotada. Me había cansado de moverme, de armar y desarmar las estrategias, de la incertidumbre diaria, de la ausencia de ciertas comodidades básicas, de no tener un espacio adecuado, del constante asistir, contener, de fluir, de adaptarme.

Estaba cansada de intercambiar con gente con capacidades disminuidas, adultos y niños carenciados en condición de calle…y cada día se suman más que no comen solo comida de limosnas o recogidas de la calle… No podía entender, pero esa tarde entendí que estaba cansada de las injusticias… Y todo lo que me encantaba, ayudar, abrazar, acompañar a quienes necesitan. Pero me encontré con el lado b del viaje y supe que era momento de frenar.

A veces pareciera que uno se pone la mochila del otro y es todo color de rosas. No voy a negar que en la forma en que elegí vivir abundan experiencias hermosísimas. Pero hay una gran parte que está algo invisibilizada, de la que no se habla mucho y es este lado b. Hay una resignación y un costo muy grande cuando una elige ponerse en los zapatos del otro.

Se que esto les resuena muchísimo a quienes están en un movimiento similar. A los que soltaron las formas, lo programado y salieron al mundo para ayudar al prójimo y darle rienda suelta a esa curiosidad que tenemos adentro. Salir a ver que hay más allá, supone una gran perdida y un aprendizaje constante. Es hermosísimo habitar la incertidumbre y la libertad, pero algunos sabemos que puede ser igualmente insoportable y aterrador.

Ese día lo sentí así.

Esa tarde me llore todo. Llore mi incertidumbre, mi soledad, llore mi decisión, llore la impotencia, llore mi altruismo, llore a mis abuelos. Llore tanto como llovió. Y hubo muchas más de esas tardes. Al principio me generaba cierta culpa sentirme así estando, ayudando a quienes necesitan, hasta que entendí, de que ya no se trataba de un viaje, era mi vida, es mi vida en viaje.

La que elegí vivir. Con todo el corazón y al final, en viaje o no viaje, en lo que uno elija vivir, el acto de amor más lindo que podemos tener por nosotros mismos en estos momentos, es contar con nosotros más que nunca. Y sumar voluntades que deseen pelear esta realidad, difícil, e injusta, pues hay una vida por vivir…

Lic. Lucila MORO.

D.R. ©

La Yunta

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